Este fin de semana pasó algo que me movió el corazón. Algo que me sacudió. Es raro de explicar…lo voy a escribir, pero lo que escriba no va a ser tan fuerte como lo que sentí.
Pasó mientras compartía un momento de oración con unos chicos, más chicos que yo. En el medio de alguna de las tantas canciones que cantamos irrumpió el llanto. No el mío sino el de ellos. Podría decir, siendo un poco insensible, que fue un llanto medio social o grupal (llora uno, lloran todos), pero esta vez creo que no fue así…
Esta vez creo que esos chicos tenían razones válidas para derramar sus lágrimas…se sentían oprimidos, abatidos, heridos por otros y por ellos mismos, se sentían culpables por esos errores que a la vista de ellos son “irreparables”. Pero al cabo de un rato me di cuenta de una verdad aún mayor: esas lágrimas tenían otra causa. La causa era el sentirse plenamente conocidos, comprendidos, perdonados. Se sintieron plenamente AMADOS por Aquel que lo dio todo por cada uno de ellos. Era la firme certeza del Amor lo que les hacia regar esas lágrimas.
Pero en el medio del canto hecho oración, en medio de esas lágrimas, hubo algo que sobresalió, algo que me iba a marcar con mayor fuerza. Fue el llanto desgarrador, casi a los gritos…un llanto que venía pura y exclusivamente de un corazón que se sabe sanado por el Amor.
Para que se sane una herida previamente tuvo que haber lágrimas…y con las profundas heridas del corazón pasa lo mismo.
Este chico hecho llanto vino y se paró al lado mío. Y en ese momento me vi “llamado” a contener, a permanecer en silencio, pero no lejos, sino ahí bien cerquita del corazón, a abrazar bien fuerte. Me sentí llamado a AMAR! Y fue en ese abrazo eterno que me sentí nuevamente, pero esta vez con muchas más fuerzas, un hermano mayor (porque decir “padre” sería demasiado, pero el sentimiento era ese).
Sentí que debía contener, acompañar y comprender a aquel que necesita ser sanado interiormente por el Amor desbordante del Maestro.
Y fue en él que me vi reflejado yo. Tan necesitado de ser sanado para acompañar mejor a los demás. Vi en él y en todos ellos la necesidad que tiene el mundo (en especial los niños, adolescentes y jóvenes) del Amor de Él. Me vi amándolo a ÉL en cada uno de ellos, en cada una de sus lágrimas…sobretodo en el abrazo de aquel que necesitaba quien entendiera su llanto sin decir nada.
Y fue en el silencio de las lágrimas al caer, que comprendí mejor a lo que estaba “llamado”. Fue en ese abrazo que entendí mejor el Amor que debo transmitir. Fue ahí que reafirmé mi vocación a Amarlo a Él en los demás…
“No es que dejéis el corazón sin bodas, habréis de AMARLO TODO, TODOS, TODAS…”
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